Don Bosco fundador
La Congregación Salesiana en el mundo
Fundador de la Sociedad de San Francisco de Sales
En 1859 Don Bosco dio vida oficialmente a la Sociedad de San Francisco de Sales, compuesta inicialmente por un pequeño grupo de jóvenes que compartían su misión. Su finalidad era “la gloria de Dios y la salvación de las almas”, con una dedicación particular a los jóvenes.
La Congregación se desarrolló rápidamente, abriendo escuelas, colegios, oratorios y obras misioneras. El propio Don Bosco envió a los primeros misioneros a América Latina en 1875, manifestando un ardiente impulso misionero. La dimensión universal del carisma estaba ya presente en su horizonte: la salvación de los jóvenes no conocía fronteras geográficas.
Sus hijos, los salesianos, continuaron la misión que la Providencia le había confiado en favor de los muchachos.
Las Hijas de María Auxiliadora (FMA)
Don Bosco comprendió pronto que su obra no podía limitarse a los muchachos. Con la colaboración de santa María Dominga Mazzarello, fundó en 1872 el Instituto de las Hijas de María Auxiliadora (FMA), destinado a la educación cristiana de las muchachas.
Las FMA comparten el mismo espíritu y la misma misión salesiana, vivida en femenino. La devoción a María Auxiliadora ocupa un lugar central en la espiritualidad del Instituto. Don Bosco estaba profundamente convencido de la intervención materna de María en la historia de la salvación y en su obra. A ella dedicó la basílica de Valdocco, signo visible de su gratitud y de su fe.
La Asociación de María Auxiliadora (ADMA)
La dimensión mariana del carisma salesiano encontró expresión también en la fundación, en 1869, de la Asociación de María Auxiliadora (ADMA). Nació con la intención de promover la devoción a la Eucaristía y a María Auxiliadora, en comunión con el Papa y la Iglesia.
Para Don Bosco, la devoción no era un elemento accesorio, sino una fuerza educativa y espiritual. La ADMA representa el rostro contemplativo y popular del carisma salesiano: una red de fieles que sostienen espiritualmente la obra educativa mediante la oración y el testimonio cristiano.
Los Cooperadores Salesianos
En 1876 Don Bosco fundó la Unión de los Cooperadores Salesianos, hoy Asociación de Salesianos Cooperadores. Deseaba implicar a los laicos en la misión salesiana, ofreciéndoles una forma de participación estable y organizada, sin dejar su propio estado de vida.
Los Cooperadores comparten el espíritu de Don Bosco y actúan en la sociedad como levadura evangélica, especialmente en el ámbito educativo y familiar. Esta intuición anticipó de modo profético la valoración del laicado que se desarrollaría plenamente en el siglo XX. Don Bosco comprendió que la misión en favor de los jóvenes exigía una amplia corresponsabilidad eclesial.
El camino espiritual
La espiritualidad de Don Bosco se caracteriza por un fuerte sentido de la presencia de Dios y por un abandono confiado a la Providencia. Su vida estuvo marcada por una intensa vida sacramental, por la devoción mariana y por el amor a la Eucaristía.
Su lema, “Da mihi animas, cetera tolle”, expresa el núcleo de su interioridad: deseo ardiente de la salvación de las almas y desprendimiento de los bienes terrenos. La santidad, para él, no estaba reservada a unos pocos, sino que era una propuesta concreta para todos, especialmente para los jóvenes. Es célebre su afirmación según la cual la santidad consiste en “estar muy alegres” y en cumplir bien los propios deberes cotidianos.
La alegría salesiana no es superficialidad, sino fruto de la vida en gracia y de la conciencia de ser amados por Dios. Esta visión impregna toda la Familia Salesiana y sigue inspirando sus obras educativas.
Una herencia viva
Don Bosco murió el 31 de enero de 1888 en Turín. Fue canonizado en 1934. Su obra, sin embargo, no se agotó con su muerte. Hoy la Familia Salesiana, que se remite a él, está presente en numerosos países del mundo y sigue sirviendo a los jóvenes a través de escuelas, oratorios, parroquias, centros de formación profesional, universidades y obras sociales.
Su carisma sigue siendo actual porque está arraigado en el Evangelio y es capaz de leer los signos de los tiempos. En cada joven, especialmente en el más frágil, los salesianos y la Familia Salesiana reconocen una tierra sagrada, un lugar en el que Dios ya actúa.
San Juan Bosco sigue siendo maestro y padre: educador apasionado, sacerdote celoso, fundador audaz. Su vida testimonia que la santidad es posible cuando se unen el amor a Dios y la entrega concreta a los hermanos. En su ejemplo, los Salesianos de Don Bosco renuevan cada día su misión: ser signos y portadores del amor de Dios a los jóvenes, especialmente a los más pobres.










